El sacrificio inútil, por Alejandra Aguado

Catalina León se destacó en los últimos diez años por la frescura con la que su trabajo amplió las posibilidades expresivas de la pintura. Interesada en la astrología, la psicología, las religiones y los ritos, es decir, en investigar qué significa ser un hombre en el mundo y qué vínculos nos unen con lo que nos rodea, trabajó buscando la manera de que la pintura se integre y responda a la vida: la cubrió de tierra y de plantas; la perforó y la dejó a la intemperie; pintó escombros, placas de yeso partidas, persianas y telas gastadas; la llenó de frases, de pequeños retratos y de referencias a sus miedos y deseos, de gestos que devienen de sus propios movimientos. Combinando abstracción y figuración, representación y realidad, su pintura fue volviéndose permeable no solo a su presencia y a sus reflexiones, sino también a su entorno material en un proceso interminable que la transforma en un ser vivo, en diario y huella.

En alguna ocasión, Catalina habló de su trabajo como si éste fuera una manera de “habitar el tiempo”. Sus placas, sus cartones y sus telas van adquiriendo su forma y su lenguaje en el transcurso de los días, en la libertad que implica abandonarse a pintar, dibujar y bordar sin apuro ni plan. La artista se dedica al hacer aceptándolo silenciosamente, sumergida en una especie de rezo, mientras las piezas van absorbiendo también las marcas que dejan en ellas el movimiento, el clima o el tacto azaroso, abriéndose al castigo del tiempo y al accidente. De esa manera, su pintura se vuelve no sólo devenir, sino también entrega: un proceso que comparte la naturaleza inesperada y de ofrenda que define al “sacrificio inútil”, ese acto que el antropólogo francés Jean Duvignaud –cuyo libro en torno a las fiestas rituales y a la religiosidad viene acompañando a Catalina en su última producción– describió como una acción despreocupada e imprevisible que permite al yo desprenderse de las imposiciones y abrirse al infinito.

Producidas al abrigo de su casa-taller –un espacio en donde vida y obra se contaminan–, los trabajos que Catalina presenta en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires parecen responder, más que nunca, a su profundo instinto de pintora. Instinto que siguió sin saber a dónde iba pero dejando que traduzca su mundo interior en las líneas y formas imprevistas que resultan sólo de enfrentarse a la tela. Su trabajo parece haber dejado atrás la necesidad de involucrarse en largas batallas para dar lugar a obras más concentradas, de pocas formas, que se ven precisas y seguras, resueltas con fluidez.
Con menos lugar para la figuración y la anécdota, resolviéndose en un campo de menor tensión, sus piezas se acercan más exclusivamente a la abstracción e incluso al vacío.
“La narración se derrite, ampliándose para dejar ver con más claridad”, comenta Catalina, como si pintar lo esencial y liberar la tela de la imagen reconocible fuera lo que podría hacer más fácil descubrirse allí, reconocerse. Aunque se conservan algunas frasesescritas, pequeñas figuras, motivos vinculados con la exuberancia de la naturaleza, referencias a lugares u objetos, las formas que impregnan las piezas incluidas en esta exhibición piden representar el devenir del pensamiento y del ritmo vital, ser imagen de las emociones y los eventos que atraviesan sus días, de los pensamientos que se deslizaron por su cabeza y quedaron allí reducidos a su esencia, de su apertura al porvenir y a la revelación. Trazos rápidos y determinados y campos de color sin límite preciso conviven con bordados recogidos. Todo esto expresa los distintos ánimos con que se consume el tiempo, que oscilan entre la audacia y la reflexión: si el pincel se desliza veloz y ligero por la superficie, la costura se construye casi en el detenimiento.

Desplegadas o acumuladas, cargadas o despojadas, la energía de estas obras proviene de un largo ejercicio íntimo. De un proceso llevado a cabo en una cotidianidad en la se alimenta lo artesanal, el ritual, el azar, el vínculo personal y la integración con la naturaleza. En su apropiación del espacio, las obras invitan al tránsito y al descubrimiento. Como un sacrificio inútil, todo aquí es una ejecución desprendida que se inicia como búsqueda y termina ofreciéndose como un lugar de encuentro.